Acantilado en la franja costera entre Barbate y los Caños de Meca. | ELMUNDO.es

Entre Barbate y Caños de Meca se alzan los acantilados más colosales del litoral andaluz. Sobre ellos ha crecido un bosque mediterráneo preñado de pinos, jaras y enebros. Recorrer estos parajes es retrotraerse a la historia con tan sólo admirar sus torres vigías y su mítico faro de Trafalgar.

A finales del siglo XIX los vecinos de la comarca decidieron poner freno al avance de las tierras arenosas y secas que arrastraba el océano. Para ello reforestaron la franja costera que se extiende entre Barbate y los Caños de Meca. Sobre los amenazantes acantilados de la costa plantaron pinos piñoneros, eucaliptos y pinos carrasco. Por eso, lo que hoy llamamos Parque Natural de la Breña y Marismas de Barbate no es más que un bosque artificial con algo más de cien años de edad, milagrosamente conservado y con un valor ecológico mayor por cada día que pasa.

El parque no es sólo una selva de pinar. Su franja costera y sus temibles acantilados de más de cien metros de altura atesoran una flora y una fauna de incalculable valor. El espacio natural protegido más pequeño de Andalucía -2.957 hectáreas, de las que 940 corresponden a su franja marítima de una milla- encierra senderos y veredas donde el olor y la luz son compañeros de viaje de exquisito trato.

Fauna y flora

Los acantilados están atiborrados de nidos de gaviotas, grajillas y de garcillas bueyeras, la única colonia que aún queda por este litoral sureño. Los cielos del interior lo sobrevuelan rapaces como el cernícalo, el halcón y la lechuza. Durante su paseo, el caminante escuchará por todos lados el canto del cuco. Las huellas del astuto zorro serán habituales, así como la posibilidad de toparse con algún camaleón, con algún lagarto oceánico o con toda suerte de coloristas lagartijas.

La playa de la Hierbabuena queda a la salida de Barbate, a medio camino entre su puerto deportivo y los primeros acantilados del parque natural. De este arco de arena blanca parte una senda que trepa hasta la entrada del parque. Sabinas y azucenas de mar adornan las dunas móviles que crecen hasta una zona de empalizadas donde mana el agua limpia y fresca de una fuente. Pese a la sequedad de la superficie, el subsuelo del parque está horadado por canales subterráneos que vierten sus aguas por caños y manantiales hasta reventar en los acantilados atlánticos.

Coronado el primer trecho de monte bajo, el sendero penetra en el bosque de pinar y se une a un camino mayor que viene de la carretera que une Caños de Meca y Barbate. Paralelo a la costa, serpenteante sobre los acantilados, el sendero está protegido por una serie de vallas y parapetos en los puntos más peligrosos. Encontraremos primeramente un molino abandonado, levantado a principios del siglo XX para aprovechar el agua dulce de los caños. Doscientos metros después hallaremos una casa derruida, la vieja vivienda de los molineros, junto a dos puestos abandonados para la vigilancia de la costa.


Fuentes:
www.cadizturismo.com

www.elmundo.es

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